1997 | 1998
Sala Gran
20 y 21 de diciembre de 1997Descripción:
Lluís Claret o el estado de gracia Igual que Ulises, navegando hacia Ítaca, fue locamente atraído por el clamor mágico de las sirenas, los actores hemos experimentado, también, que la
musicalidad de una voz, la resonancia de unas palabras, el ritmo de un discurso, la melodía de un canto, superiores a la acción misma de los hombres, son el motor verdadero y profundo
que conduce toda su vida. Y, porque nuestro oficio se apoya principalmente sobre la voz, este instrumento sensible, frágil y vulnerable que une, de manera tan precaria, el sonido con el
contenido emocional de las palabras, no dejamos de estar maravillosamente fascinados por los grandes instrumentistas. Tengo que confesar que el inconfundible sonido de las cuerdas
vibrantes del violoncelo, bajo la horquilla de Lluís Claret, me conmueve desde hace muchos años. La impresión de aterciopelado, de sensualidad, la elegante austeridad y, sin embargo, la
expresiva y extensa luminosidad del instrumento "propiciadas por el violoncellista" me lo hacen escuchar, más que cabe otro, como si de la voz humana se tratara.
En mi trabajo siempre he tenido la música como referencia y el violoncelo principalmente, por la envidia que me hace, ya que él posee todas las posibilidades que quiere bajo las
caricias de los grandes intérpretes como Lluís Claret. Mi instrumento "el cuerpo del actor" siempre, por más que yo/intérprete quisiera, tendría limitaciones. Las magistrales
intervenciones de Lluís Claret en mi espectáculo Lorenzaccio testimoniaban alguna cosa nacida antes de la palabra, alguna cosa a través de la cual uno intuye todas las
posibilidades rítmicas y las riquezas morfológicas del futuro lenguaje verbal. Pero nos da, sobre todo, la dimensión más alta de la potencia y del virtuosismo que la voz humana no
puede, desgraciadamente, abarcar. Para mí, el violoncelo desarrolla lo que para el actor, o el cantante, representa el fraseo perfecto: un dilema que consiste en respetar
escrupulosamente la articulación de los sones sin alterar nunca su calidad sonora. Al mismo tiempo, el violoncelo cumple divinamente uno de los requisitos más envidiables de nuestro
arte: el legato -aquel vínculo interrumpido e infinito de sones sucesivos responsable de la continuidad de una y otra frase musical y que sólo los actores, con una técnica respiratoria
a toda prueba, consiguen sin tener que coger el aliento, controlando y dosificando la cantidad de aire liberado al momento de la expiración. Con el violoncelo los alejandrinos de Racine
o de Corneille serían por fin, accesibles al actor: «Ah, le plainchant!» El violoncelo, instrumento sensual por excelencia, y Lluís Claret interpretando Bach, música del
espíritu por excelencia me dan la sensación, apaciguando y exaltando a la vez, de escuchar miles de personajes sutilmente unidos en una voz homogénea, profunda y brillantemente ligera,
una voz flexible, ancha, densa, de un dulce, intenso e infinito vibrato: equilibrio perfecto entre el cuerpo y el espíritu. El estado de gracia.
Josep Maria Flotats