1997 | 1998
Sala Gran
28 de diciembre de 1997Descripción:
Los artistas escogidos se cuentan, en cada generación, con los dedos de la mano, más quizás a causa del estilo propio de la sala de conciertos o de la ópera, que a causa del metal
vocal o del rol que se les pueda asignar como portadores de emoción estética.
Así, de Lotte Lehmann y Elisabeth Schumann en Gérard Souzay y Fischer Dieskau, en Elisabeth Schwarzkopf y Victoria de los Ángeles. No nos parece, ciertamente, que Victoria de los
Ángeles haya vacilado ante el posible dilema de elección y especialidad.
Artista nata, tanto en el físico como en aquello moral de su arte, daba su primer recital a los 20 años en el Palau de la Música Catalana de su ciudad natal, participaba unos días más
tarde en la Missa de la Coronació de Mozart, y debutaba pocos meses después en el rol de la Condesa de Les Noces de Figaro en el Gran Teatro del Liceo.
La facilidad y ligereza absolutamente prodigiosas de sus vocalizaciones, así como la brillantez y densidad sonora de su voz causaron una sensación inigualable y al mismo tiempo
inolvidable en aquéllos que asistimos a su debut parisino en la Salle Gaveau en 1949.
¿Quién de nosotros podrá nunca olvidar el Aleluya, de Mozart con el cual acababa la primera parte de su recital? Después de tantos años, al color deslumbrante de su voz se une la
excepcional fusión que el artista realiza de la dicción, del estilo y de los matices propios en la comunicación de un mundo interior abrigado de intensidad lírica.
«Victoria de los Àngels!» Nombre glorioso surgido de la decisión paterna. Alusión simbólica, quizás. Pero no precisamente la que nos recuerda el jardín divino con sus seres alados y que
como flores marchitadas quedaban entre las páginas del catecismo, sino a la que nos recuerda el ser, perfección primera, deslumbrante de belleza sobrenatural, donde el poeta Rilke veía
«a una criatura en la cual la transformación de visible a invisible, que nosotros realizamos, aparece ya realizada». Si bien algunas grandes damas del canto utilizan los terrenos
extramusicales más variados para conseguir un renombre, Victoria de los Ángeles únicamente debe su carrera internacional a la forma de servir a la música con una voz de una calidad
excepcional, donde el gesto cuenta menos que el pensamiento y el acto menos que la presencia. Y es esta dignidad en la interpretación de su repertorio tan versátil quien le ha asignado,
en el transcurso de los años, uno de los sitios más privilegiados en el mundo de la música. Aquella perfección que conmovió la ilustre Flagstad, con el paso de los años ha madurado en
el fuego de la experiencia humana y en el reflejo de una sensibilidad exenta de afectaciones. Aquella gran joven que con ojos sorprendidos contemplaba la vida sigue hoy seduciéndonos,
tan sorprendida ella misma de haberse convertido en quien es: la gran artista.
Andre Gauthier del Académie Française