L'auca del senyor Esteve

Santiago Rusiñol

1997 | 1998

Sala Gran

Del 11 al 27 de septiembre de 1997 y del 23 de enero al 8 marzo 1998
Descripción:

«A modo de declaración de intenciones»

La primera reflexión que se tiene que hacer un director de escena en aproximarse a un texto como el de L'auca es que el señor Esteve no pertenece a una galería de personajes museísticos, sino que es un individuo que vive entre nosotros -precisamos: que es uno de nosotros- y que, por lo tanto, forma parte sustancial de la estructura económica y política de Barcelona.

Conviene no olvidar que L'auca del senyor Esteve es la adaptación teatral de una novela y que, aunque el adaptador haya sido el mismo Rusiñol, el inevitable tráfico de la libertad narrativa a las convenciones escénicas se produce, a veces, con una cierta violencia. No nos encontramos, creo, ante una obra maestra de la literatura dramática, sino ante la feliz translación de un éxito novelístico a las imposiciones de un espectáculo que se ofrece a un público que ha pasado de ser lector a convertirse en espectador (es muy posible que la mayoría de la audiencia que asistió el 12 de mayo de 1917 al estreno de Los aleluyas al Teatro Victoria ya conociera la novela).
Así pues, al director se le plantea un dilema curioso: ¿conviene recordar lo que Rusiñol escribió en su narración y después suprimió al teatro, o es mejor olvidarlo definitivamente?
Las dos opciones son inútiles: lo que se ha suprimido «pesa» continuamente y la realidad teatral se impone cada minuto. Lo único que el director puede hacer, si quiere sobrevivir, es procurar que ni una cosa ni la otra se noten mucho. Es decir, no «teatralitzar» más de lo que hace falta ni «novelitzar» más de lo que es imprescindible.

Y una última cosa: la frase quizás más definidora de todo el texto, la que dice el Granero cuándo responde a lo que dice el señor Pau a Ramonet («ahora podrás ser escultor»), la que guarda la reflexión más pragmática de la obra («ahora podrás ser escultor, pero porque él paga el mármol»), el director lo ha puesto en boca de la señora Tomasa, con lo cual adquiere una acidez impensada. Una libertad para la cual el director pide clemencia en privado aunque, con absoluta seguridad, nunca piensa pedirla en público.

Adolfo Marsillach