Presentación de Temporada 2022 - 2023

Presentación de Temporada 2022 - 2023

Una mirada de esperanza

No me deje solo entre personas llenas de certezas. Esa gente es terrible.
Antonio Tabucchi

El virus nos envió a casa. Al aislamiento. Después, la guerra cercana, la subida de los precios de la energía, aquellos hombres (porque solo hay hombres) que se reúnen cada día para detener la guerra y que parece que no llegan a ningún acuerdo (cuando los ves, algo te dice que nunca llegarán a ningún acuerdo), bombas, civiles muertos, violaciones sistemáticas de mujeres (de esto, prácticamente ni se habla). Más de cuatro millones de personas que en cuatro semanas han tenido que huir de sus casas... Un éxodo casi nunca vivido. La historia se repite aunque nos encontremos en el siglo XXI.

Tras un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.

Mucha información, conexión constante gracias a la digitalización; pero eso no quiere decir más vínculos, ni más proximidad. Las redes sociales, colocando al ego en el centro, han matado la dimensión social de la comunicación; se nos invita a explicar qué pensamos de cualquier cosa, a expresar unas opiniones sin argumentos, a ejercer una «sinceridad» cruel e innecesaria que tiene poco que ver con una relación humana «real».

Desconfía de quien diga: «yo digo siempre lo que pienso». La verdad debe contemplar la valoración de su impacto en el otro; callar es una magnífica opción si lo que diremos no mejora el silencio.

Se nos invita a comunicar nuestras necesidades, nuestros deseos, ¡y a convertirlos inmediatamente en derechos! El culto y la adoración del «yo». A pesar de la hipercomunicación digital, la soledad y el aislamiento aumentan.

¿Quién nos ha metido en la cabeza la idea de que el origen de todo placer es un deseo satisfecho?
Únicamente una sociedad capitalista llevada al límite se orienta hacia la inmediata satisfacción de los deseos. En la sociedad de la inmediatez, la satisfacción de un deseo de forma casi automática se ha convertido en una nueva droga sin nombre.

Hay tantas almas cerradas... Comunicación sin comunidad. El mundo se ha convertido en un archipiélago de soledad.

El teatro es un ritual y es un espacio de igualdad entre humanos. Este espacio de igualdad y de escucha profunda está iluminado por una belleza invisible, de miles de años, de miles de voces, de memoria, de vivencias y de reflexiones que otros han hecho antes que nosotros, de preguntas, de consciencia de la existencia humana y de esta luz que se mantiene viva y que necesita paciencia para ser vista.
La paciencia es protectora, nos permite travesar situaciones adversas sin venirnos abajo. La paciencia es la capacidad mental que permite postergar y controlar impulsos y perseverar en una conducta a pesar de las dificultades; es la fortaleza del alma frente a las pasiones. Con paciencia se ven brotar los árboles para llenarse de vida en primavera. Y con paciencia podemos ver esta luz reveladora. Todo lo que es naturaleza, desarrollo, paz, prosperidad y belleza en el mundo descansa en la paciencia; se necesita tiempo, silencio y confianza. Y esto nos llevará a la consciencia, a la constatación de lo que somos y a la ética y la moral que debemos seguir.
Es un tiempo de cambios y de rupturas que nosotros, los y las artistas, la gente de teatro, tenemos que trasmitir con un lenguaje que llegue al corazón, no como una de las miles de noticias que nos llegan constantemente. Posiblemente es la única motivación para salir de casa en este momento: estar juntos, respirar y palpitar juntas, vivir una experiencia juntos. El teatro es una experiencia cuyo eje central es este prodigio que posee la mente humana: la capacidad de vivir otros mundos, y el teatro es un lugar en el que viven otros mundos, donde se habla de la vida y de los misterios de la existencia humana como si se tratase de otro lugar, de otro mundo. A través del llanto, de la risa, de las emociones, de las ilusiones y desilusiones, el teatro nos permite entender un poco más nuestra existencia. Y, como dice Peter Sellars, nos permite vivir la ceguera y la negación con claridad y fuerza.
Necesitamos tiempo para escuchar, tiempo para amar, tiempo para reaccionar. Estamos empezando a sentirnos tan seguros y seguras de lo que vemos, de la manera como lo vemos, que hemos perdido la capacidad de ver nuevas alternativas, nuevas posibilidades, que ya no nos dejamos sorprender por diferentes enfoques ni somos capaces de ver relaciones invisibles y conexiones atemporales. Hemos dejado de imaginar y de desear porque hemos interiorizado que sabemos lo que pasará y, sobre todo, cómo acabará.

Pienso que el mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad.

El teatro es un reflejo de todas las vidas que nos acompañan y que nos liberan, por siempre, de la soledad. Las personas nos humanizamos con la palabra, con el arte; por esto es fundamental comunicarnos a través del arte ante tanta toxicidad y mentida. El sentido social y público ante el individualismo salvaje y privatizador. La consciencia nos lleva a la solidaridad y a la empatía, y nos recuerda que todas las personas somos iguales.

Pero, en realidad, en la vida no hacemos más que buscar un lugar donde quedarnos para siempre.

¿Qué es lo que, hoy en día, nos hace tener un poco de curiosidad, un poco de entusiasmo? La esperanza. Creamos esta esperanza que hoy no tenemos. Este es un momento de replantearnos nuestras mentes y nuestras vidas, nuestras historias y, por tanto, nuestro futuro. Ninguno de nosotros puede hacerlo desde el aislamiento, tenemos que hacerlo todos y todas juntas. No necesitamos que nos entretengan, necesitamos reunirnos y compartir el espacio público, y necesitamos cultivar este espacio compartido. Por eso os decimos: venid, entrad, reíd, llorad, soñad con nosotros en el teatro.

... pero crecerás, te harás mayor, y tendrás tus ideas, las mías o las de tu padre, y te darás cuenta de que son mucho más de lo que parecen, de que son una manera de vivir, una manera de enamorarse y de entender el mundo, a la gente, todas las cosas, no tengas miedo de las ideas, porque los hombres sin ideas no son hombres del todo, los hombres sin ideas son muñecos, marionetas, o algo peor, personas inmorales, sin dignidad, sin corazón.
Almudena Grandes (El corazón helado)

Carme Portaceli Directora artística