Presentación de la Temporada 2026-2027
Presentación de la Temporada 2026-2027
La ciudad y el teatro
La ciudad y el teatro
La ciudad es un texto que se lee caminando
Walter Benjamin
Casi desde el inicio de mi dirección en el TNC, tuve claro que mi última temporada la dedicaría a Barcelona. Barcelona, para mí, siempre ha sido la ciudad de mis sueños. Ya desde muy pequeña, en Valencia, tuve un gran vínculo familiar con ella, pero cuando mi hermano mayor vino aquí para estudiar arquitectura, mis visitas a la ciudad con mis padres fueron constantes. Yo era una niña, y mi imaginario volaba hacia esta ciudad donde se hablaba catalán (mi lengua prohibida en Valencia) en los espacios públicos, en las tiendas y en los restaurantes, no solo en casa. Era una ciudad cosmopolita, llena de gente diferente, de todas partes; una ciudad en la que la cultura, a finales del franquismo, en un país donde nunca se había respetado, empujaba con fuerza; una ciudad donde las ideologías que a mí me atraían ya entonces eran más visibles, más presentes; una ciudad donde se respiraba libertad y luz, a pesar de la falta de libertad y todas las noches sin luna. Donde las mujeres eran más independientes, más libres. Y yo soñaba que pasaría toda la vida aquí.
Y ya de muy joven vine a estudiar Historia del Arte en la Universidad Central y Lenguajes Audiovisuales en el Institut del Teatre de la calle Elisabets. Me entusiasmaba estar en Barcelona, hablar en catalán por todas partes y, especialmente, ver un teatro comprometido, nuevo, diferente y, para mí, completamente europeo. Parecía como si vivir en Barcelona te hiciera pertenecer a la cultura mundial o, al menos, eso era lo que me hacía sentir todo lo que estaba viviendo.
Els Comediants, Els Joglars o Dagoll Dagom eran compañías innovadoras y comprometidas con su momento histórico y con nuestra cultura y nuestra lengua.
El Teatre Lliure, que justamente este año cumplirá cincuenta años, hacía unas propuestas muy transgresoras que no siempre contaban con el beneplácito de la crítica, aunque lo más importante para nosotros era la propuesta en sí y las innovaciones que sus espectáculos que suponían.
El Festival Grec, que también celebrará sus cincuenta años, empezaba a traer espectáculos renovadores y nunca vistos. El Mercat de les Flors nos ofrecía nombres como Peter Brook y Peter Stein, entre otros. Todo ello te hacía sentir que podías hacerlo todo; y de todo ello aprendías, básicamente, la libertad.
Era un momento único. Necesitábamos sentirnos identificados con algo, y el teatro formaba parte de la identidad de nuestra ciudad.
Y más tarde, en 1996, se creó este teatro, el TNC. Un teatro que nació con la intención de ser un referente de calidad y de impulsar nuestro patrimonio y nuestra lengua.
La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano
Italo Calvino
Si observamos Barcelona, vemos que está llena de signos, porque una ciudad es una experiencia narrativa. Una ciudad es un organismo vivo y social, no solo un conjunto de edificios, aunque Barcelona, justamente, posee una belleza arquitectónica indiscutible. Pero la ciudad es memoria, y en nuestra querida, desagradecida y mágica ciudad, el discurso político y el teatro tienen un camino compartido, desde siempre, como en todas las ciudades del mundo. La historia común, el pasado duro y, al mismo tiempo, con saltos mágicos llenos de vitalidad y de esperanza, la necesidad de saber quiénes somos y de dónde venimos… Y el teatro, como la ciudad, posee la capacidad de identificarnos con nuestra historia y con lo que somos y lo que queremos ser.
Precisamente por todo esto queremos dedicar esta temporada a dar un paseo por la historia de nuestra querida y arisca Barcelona. A lo largo de este paseo por esta temporada, nos encontraremos a una familia tradicional que pretende criar a su cachorro con unos valores que ya no existen.
O la visión de una Rodoreda que, desde el exilio odiado, considera que, mientras Europa se construye, nosotros nos encontramos en una situación en que las manecillas del reloj no se mueven, detenidas en un tiempo que ya no se mantiene más que por la represión, la ignorancia y el miedo.
O la joven Andrea que llega una noche a Barcelona a estudiar en la casa de la familia del Eixample, en la calle Aribau, en la que hay una réplica exacta de la fragmentación en que nos hace vivir el franquismo: el hambre, la falsa moral, las peleas entre hermanos, mientras el cielo se va volviendo azul y la cultura va salvando a las generaciones venideras, como la propia Andrea y sus compañeros y compañeras de universidad.
O el regreso a Barcelona de Natàlia tras haber vivido en Francia y en Inglaterra pocos días después de la ejecución de Puig Antich. Y su investigación sobre su madre, y la amiga de esta, con el objetivo de reconciliarse con el pasado. Todos los personajes de Montserrat Roig intentan encontrar un sentido a la vida en una Barcelona marcada por los últimos años del franquismo.
O un hecho real de violencia gratuita en una playa de Barcelona que recluye a su protagonista en la soledad y lo lleva a coquetear con la extrema derecha.
O la comisaría de Vía Layetana 43 donde torturadas y torturadores se enfrentan mientras la ciudad aún discute si el edificio debe ser considerado un espacio de memoria histórica.
O las puertas abiertas a artistas de Oriente Medio, que han conseguido convertir el arte en una necesidad en sus sociedades, puertas abiertas desde una Barcelona amiga de Palestina.
Y la bienvenida a artistas de aquí, de Catalunya, que se encierran con nosotros para hacer sus creaciones…
Compartir todo esto hace que sintamos que estamos una ciudad y en un país que evoluciona hacia el lugar correcto de la Historia.
La felicidad humana no se logra en la soledad, sino en la compañía de otros
Hannah Arendt
Esta gran figura del pensamiento del siglo XX decía que la felicidad no es un logro individual, sino una experiencia compartida que nace del encuentro con otros y de la participación activa en la vida en común. No entiende la felicidad como un logro íntimo, ni como un estado emocional privado. Para ella, la vida solo tiene sentido cuando se comparte, cuando se construye al lado de otros en un espacio común.
El aislamiento en sociedades cada vez más hiperconectadas, pero menos vinculadas a lo que es propiamente humano, ha aumentado muy rápidamente. Las redes sociales prometen conexión, pero fragmentan y aíslan a las personas. No basta con estar rodeados de gente, necesitamos formar parte real de un mundo común.
Como decía William Dafoe en su discurso del Día Mundial del Teatro, la experiencia compartida en tiempo real de un acto de creación, siempre diferente aunque siga una pauta y un diseño, constituye sin duda la fuerza más evidente del teatro. Social y políticamente, no ha sido nunca tan importante y vital como ahora para la comprensión de nosotras mismas y del mundo.
Nuestro teatro es un punto de encuentro, una herramienta de reflexión colectiva, un refugio y un espejo de nuestras propias vidas. Incluso la economía local también gira en torno a esta actividad. La ciudad ya no es solo un lugar donde se vive; es un lugar donde se crea. Lo que surge, lo que nos preocupa, lo que nos emociona, las congojas, las esperanzas… los llevamos a los escenarios. Mediante personajes y metáforas, la comunidad se observa a sí misma. Por eso el teatro educa y une.
Jane Jacobs destaca que las ciudades necesitan a todos sus habitantes para funcionar, y Tierno Galván describe la ciudad como hogar público.
El teatro ha modelado nuestra manera de entender el mundo. En el teatro, las personas hemos aprendido a escuchar, a ponernos en la piel del otro, a expresar emociones y a valorar las historias como una forma de conocimiento. En una época en que muchas ciudades crecen impulsadas por el negocio, la especulación o la imagen, la nuestra lo hace guiada por la imaginación y la creatividad. Lo cierto es que en Barcelona, en Catalunya, el teatro es parte de la esencia de la vida.
Una vez más, un año más y con más fuerza si cabe en esta última temporada, os doy las gracias por seguir a nuestro lado.
Carme Portaceli